Arte y política: la historia de Arteon como un símbolo de resistencia cultural

(Chaile, Facundo; Eliceche, Nicolás; Kobryn, Mila)

En la calle Sarmiento al 700 existe un pequeño cine. Escondido en una galería, es anunciado por un cartel en la entrada: Arteón. Con la tipografía hippie, se muestra como símbolo de una época: nació en 1965 y fue un espacio cultural rosarino protagonista de una etapa de gran efervescencia política. 




Lugar de encuentro y militancia, tuvo un gran desenvolvimiento en teatro y cine, siendo productora y, además, ofreciendo espacios educativos de formación profesional. Desde que apareció en la cultura rosarina estuvo siempre ligado a la vida social y política del país: sus temáticas, sus obras y  sus expresiones en general responden a una posición clara frente a la situación histórica y el momento político.


“Tratar de disolver el grito de bronca mimetizándolo hace que entonces gritemos todos y ya no es un grito, es una payasada. Era duro luchar contra una sociedad así”

El principal fundador es Néstor Zapata, peronista de primera hora, quien entiende que la militancia es un trabajo diario: en la casa, en el trabajo, en la educación. Así, Arteón obedece a esa cosmovisión, se corre del cine comercial y sus pantallas muestran cine de culto, con mensajes políticos, filosóficos y profundos.
Arteón sale a la luz a mediados de la década del ’60 de la mano de un grupo de jóvenes idealistas. Inquietos y disconformes con la sociedad que les había tocado vivir, se movían entre la rebeldía y el deseo de construir un mundo distinto. Años de dictadura y vigilancia, la sociedad se les presentaba como un universo empaquetado, lleno de normas, con rigurosidades y castigos. Las formas de pensar, de vestir, de llevar el pelo eran señaladas y, según el caso, censuradas por la normativa del momento. En este escenario nace esta productora tan emblemática de la ciudad.

Teatro y Militancia

En esta época, hicieron obras como “Nuestro pan” o “Pequeña Bárbara”. Esta última trataba sobre un sujeto distinto de lo que la sociedad esperaba y sin embargo ésta lo envolvía, lo mimetizaba y lo adoraba. Para Zapata, esta obra era una crítica a ese sistema que absorbía inteligentemente aquello que se salía de la norma: el Che Guevara, por ejemplo, está hoy en todas las remeras y en los souvenirs de recuerdos de Argentina para el turismo, ya es parte del mercado. “Tratar de disolver el grito de bronca mimetizándolo hace que entonces gritemos todos y ya no es un grito, es una payasada. Era duro luchar contra una sociedad así”, describe Zapata.

Poco a poco, esta rebeldía y disconformidad fue adquiriendo una posición política ya a principios de los ’70. Su paso por la Juventud Peronista les sirvió para entender que su real objetivo estaba en otro lado: la militancia pasaba por lo cultural, por llevar contenido de calidad a los barrios, por retratar las injusticias en una obra de teatro, por difundir cine político. La organización de las agrupaciones y las lógicas que manejaban se les presentaban como limitantes y, por lo tanto, prefirieron salirse de ese marco y realizar una militancia más vinculada a la producción cultural.

Con el advenimiento de la democracia, la primavera camporista y el regreso del General Perón al país se abrió un escenario de altísima efervescencia política donde la juventud fue protagonista de un proceso histórico crucial para el país. Néstor Zapata fue Secretario de Cultura de la ciudad y, por lo tanto, este proyecto cultural nacido del descontento y la inquietud de un grupo de jóvenes pasó a tener herramientas gubernamentales para poder desarrollar con más profundidad sus objetivos. El respaldo institucional sirvió como una base sólida y Arteón llegó a tener cuatro salas, y su trabajo de productora y difusora se vio altamente beneficiado. Nacieron obras como “Compañero País”, que reflejaba los años de resistencia peronista y era difundida en espacios públicos para tener una llegada mayor.


 En vez de esconderse buscaban estar circulando diariamente: hacer espectáculos, organizar charlas, salir en algún diario y, como afirma Zapata: “los tipos se cuidaban mucho de chuparte porque lo que ellos querían era decir que ellos no chupaban a nadie”

Conciencia Gremial

Junto a esta convicción militante y conciencia política también apareció la conciencia gremial. La organización de los trabajadores del arte buscaba llevar adelante una Ley Nacional de Teatro. Dignificar la profesión y enmarcarla dentro de una organización sindical fue un objetivo clave de la época. Entre reuniones y congresos a nivel nacional, saltaron las tensiones propias del país: los choques con Buenos Aires y los proyectos culturales “centralistas” generaron al mismo tiempo una profunda conciencia federal en los integrantes de Arteón. Esta noción de federalismo se plasmó también en las obras, en el proyecto de la Ley Nacional de Teatro presentado por las provincias, donde reconocía a las regiones con el mismo derecho cultural que la capital. 

Para Zapata tiene que haber una distribución económica que permita generar un equilibrio necesario entre las distintas provincias. “Se fueron Machin, Grandinetti, Lito Nebbia, Fito Pez, Baglietto. Dios atiende en Buenos Aires. Eso no es conciencia federal, es una joda. Es un proceso que no está concluido pero tiene que lograr emparejar las cosas para que vos tengas más posibilidades de desarrollar con dignidad tu profesión en tu región”, asegura Zapata. Para él, el desarraigo a la tierra de uno, al paisaje, a su historia, a los seres queridos influyen a la hora de contar un relato y “en vez de pintar tu aldea, terminás pintando la aldea del centro del país”. La búsqueda de una identidad y de una cultura propia fue una bandera en los años ’70 que marcó las producciones de Arteón.


"Nos cagaron a balazos, nos tiramos en el piso. Toda la gente de la derecha comenzó a los gritos, comenzaron los balazos y nosotros cuerpo a tierra. Yo me tire al piso con la cámara que tenía un zoom, lo puse para arriba y empecé a filmar"

El incendio

Construirse como un espacio que se corría de la cultura comercial y que se encontraba políticamente posicionada no fue fácil. En 1972, se incendió la sala de calle Sarmiento. Para la policía fue un incendio accidental, para los integrantes de Arteón fue provocado. Fue una gran pérdida para el grupo, no sólo del espacio sino también de cintas, fotografías y máquinas que allí había. Si fue fortuito o producido sigue siendo un enigma, aunque tanto para Zapata como Quicho Fenizi, otro integrante fundacional, no hay dudas de su intencionalidad: la policía les informó que el fuego había sido iniciado por un cigarrillo encendido que había caído al piso. Sin embargo, en Arteón no había alfombras y el suelo era de cemento.

En 1973, Zapata y otros compañeros de la productora viajaron con los equipos de cine a Ezeiza para recibir a Perón. Conocido es el desenlace desgraciado de ese evento. “Nos cagaron a balazos, nos tiramos en el piso. Toda la gente de la derecha comenzó a los gritos, comenzaron los balazos y nosotros cuerpo a tierra. Yo me tire al piso con la cámara que tenía un zoom, lo puse para arriba y empecé a filmar”. Zapata cuenta que tiempo después un grupo de la organización Montoneros le pidió la filmación: se la devolvieron cortada. El negativo, que todavía lo tenía, lo tuvo que enterrar en un patio, junto a otras cintas, cuando estalló el golpe de Estado.


El golpe y la resistencia


Con la dictadura de 1976, Néstor Zapata es corrido de su cargo de Secretario de Cultura. “Fueron a buscarme. La Secretaría de Cultura estaba en Sarmiento y San Luis. Me avisó un delator de ellos. Después con el tiempo me enteré que era pata de plomo de mi viejo, un tipo de esos que cuidaban a los funcionarios”. Gracias al aviso logró salir antes de que llegaran los militares y cuando no lo encontraron rompieron y revisaron todo: buscaban armas. Zapata cuenta que, a pesar de no ser halladas por la policía, ellos sí tenían armas, para protegerse, por las dudas. Afirma, con convicción, que no adhirieron jamás a la decisión de Montoneros de armarse: “Nosotros dijimos que no, que la conducción seguía siendo política, y nos abrimos”.

La dictadura significó un fractura muy grande del proyecto político de Arteón, sin embargo, también funcionó de incentivo a seguir militando en todas las formas de resistencia posible: el teatro fue la herramienta. En 1977 abrieron los talleres, para enseñar y construir profesionales del arte. Talleres de teatro, cine y danza fueron una oferta al público que logró crear un espacio de resistencia a través de la enseñanza.

La estrategia de supervivencia durante los años de la dictadura fue “la política de la superficie”. En vez de esconderse buscaban estar circulando diariamente: hacer espectáculos, organizar charlas, salir en algún diario y, como afirma Zapata: “los tipos se cuidaban mucho de chuparte porque lo que ellos querían era decir que ellos no chupaban a nadie”. A pesar de esto, compañeros asesinados y desaparecidos existen dentro de las filas de Arteón. Sin embargo, la política de la superficie les fue de utilidad para moverse en este escenario tan violento y oscuro. La censura la padecieron pero las obras pudieron seguir saliendo.

En 1977 decidieron hacer un clásico: Stefano, de Armando Discépola. Una obra con un contenido brutal que relataba el drama de inmigración de fines del XIX y principio del XX. Con esta obra, Arteón hizo una gira internacional por países latinoamericanos. Además hicieron una obra para adolescentes: “Cómo te explico”. Ésta producción contenía escenas prohibidas y la sala era clausurada de vez en cuando. Además, tenían que enfrentarse a la “Liga de la Decencia”, quienes le censuraban partes de la obra. Así, con obstáculos y éxitos se desenvolvían en plena dictadura.

Arteón es un emblemático espacio de la cultura rosarina. Sus obras de teatro tuvieron y tienen hasta el día de hoy una fuerte carga política, con temáticas históricas a favor de los gritos de liberación. Actualmente solo les queda la sala de calle Sarmiento, la primera, la incendiada, la restaurada, la vigente. Desde un principio, tomaron posiciones concretas y llevaron su trabajo a cada rincón de la ciudad. A pulmón, salían a vender entradas de cine u obras de teatro a la peatonal, en los bares, en las facultades. Hacían promociones o carnet de socios, que pagaban una vez al mes y podían ir a todas las funciones que quisieran. El cine y el teatro eran un espacio de encuentro: en la salas servían café y comida. La trasnoche era un momento donde los estudiantes se reunían a disfrutar de una película y después la compartían y discutían en El Cairo o algún otro bar de la zona.

En los tiempos de Onganía, las movilizaciones eran constantes y cuando le represión se desataba muchos estudiantes se escondían en la sala Arteón, Quicho Frenizi encendía el proyector y así, entre todos, sorteaban a los militares. Como militantes de la cultura, registraron hechos  importantes como el Rosariazo o las manifestaciones de resistencia del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo en Rosario. Lamentablemente, muchas de estas producciones se perdieron con el incendio del ’72 y otras tantas con la dictadura del ’76.


La década de 1960 y 1970 se presenta como un período de gran efervescencia y movimiento político-cultura. En Rosario, Arteón se erige, hasta la actualidad, como un espacio que busca brindarle a la ciudad cine y teatro con contenido político, crítico y filosófico. A pesar de las adversidades lograron reubicarse y seguir construyendo -y disputando- sentido.




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