La violencia en manos armadas

Foto: Berenice Durán. La mirada de Antonela P.


“Me agarró de los pelos, me rompió la remera, me bajó los pantalones y me dijo: a vos te gusta esto”, así describe Antonela P. el momento que jamás se olvidará en su vida. 



Polvo gris en el aire, en la tierra, inunda los rincones; un volcán inactivo de Chile erupciona con toda su rabia y entorpece el andar de los pueblos argentinos que están cerca. El volcán Puyehue expulsa su fuego y tiñe a los países del sur de nostalgia y angustia. Ese año, en ese momento, en la vida de Antonela comenzaba a gestarse su propio infierno que erupcionaría como ese volcán que despertó justo cuando ella conocía a Brian N., su ex pareja, actual policía.


Antonela relata los dos o tres primeros años de noviazgo como una “experiencia linda y normal”. En el tiempo que compartieron juntos, las primeras muestras de acoso fueron persuadidas y camufladas por demostraciones de amor y cuidado. Los signos alarmantes fueron encendidos con el surgimiento de las redes sociales y su frecuente uso.  El silencio del volcán y su quietud no generaban indicios de erupción. 

- ¿Quién es? ¿Quién te agregó? ¿Por qué pusiste ese “me gusta”?

“Pidió que me trasladen porque soy feminista y tenía el pañuelo verde; eso no le convenía a la policía”, sentenció Luz*, trabajadora de las fuerzas de seguridad de Santa Fe.

Hace cinco años, Luz tomaba la decisión de convertirse en policía,  insertarse en el mundo laboral y lograr una estabilidad económica. Tomó un curso online de formación administrativa y seguido comenzó a trabajar.  Todo iba bien hasta que su jefa cambió de puesto y en su lugar, llegó quien sería un gran incordio en su carrera. Su jefe, masculino.

“Empezó a tener una serie de actitudes incomprensibles conmigo”, confiesa Luz. Su jefe le daba horarios que sabía que no le convenían, o la atosigaba mientras rendía un parcial pidiendo su presencia en el trabajo. Poco a poco, el clima laboral se ponía cada vez más insoportable: “Sentía que era algo personal”. Todo se agravó cuando se enteró que ella formaba parte de la Red de Mujeres Policías y que portaba el pañuelo verde por su lucha feminista. El acoso aumentó y no pudo evitar que la trasladen a otra seccional, en uno de los barrios más peligrosos de Santa Fe. Nunca le dieron explicaciones.

La violencia policial toma protagonismo fuera y dentro de la misma profesión. Antonela y Luz son víctimas de violencia y abuso de las fuerzas policiales; el foco es distinto, el contexto en el que se dan, también. Sin embargo, los violentos fueron adiestrados bajo el mismo sistema patriarcal que educa policías machistas y les facilita armas reglamentarias a los seis meses del cursado. Sin la práctica y el conocimiento suficiente, acceden a la portación y caminan libremente ejerciendo su autoridad.

Luz quiso denunciar las situaciones y actitudes violentas que tuvo que vivir, al igual que muchas de sus compañeras, pero, como la mayoría de las denuncias de cualquier ciudadano, quedó vagando en palabras perdidas. Asuntos Internos las desestimó, las minimizó, incluso maltrató a algunas de sus compañeras por animarse a hablar. En algunos casos, se le notificó al denunciado y éste tomó represalias. Por estas razones algunas mujeres ya no quieren hablar. “Quedó esa idea de que el jefe es la voz superior y hay que bancarse todo aunque te haga lo peor”, revela Luz con indignación. 

“Callate la boca”, es la idea que se infiltra entre las mujeres policías, por parte de sus superiores hombres. Hablar no conviene, ser feminista no conviene, denunciar no conviene. Los traslados son la forma de abuso.

Se pensaría que al estar dentro de las fuerzas, esas situaciones de violencia serían menores, o se estaría exenta o amparada, pero no. En muchos casos, ser policía o ser pareja de uno, expone a la mujer a tener que lidiar con el infierno puertas adentro.

¿Cómo denunciar un abuso o una situación violenta si el ente que toma la denuncia es cómplice y desestima el hecho? 

Antonela y Luz son ejemplos de mujeres que vivieron la violencia de género en manos de policías. Antonela nunca denunció a su ex. Por miedo, por amenazas, para soltar un pasado que no quería seguir soportando. Un pasado que no se merecía ella ni ninguna.  

Las estadísticas por violencia de género y femicidio en Santa Fe son alarmantes y cada caso que se publica inicia una ola de más historias, más abusos, donde las mujeres alzan sus voces y describen situaciones terribles que han vivido en carne propia o, en los peores casos, hablan por aquellas que ya no pueden hacerlo. 

Gráfico: Julieta Gastaudo. Datos Mumalá












Gráfico: Julieta Gastaudo. Datos Mumalá

Hijo, ¿Vos le pusiste un revólver en la boca a Antonela?

- Sí.

- Bueno, esas cosas no se hacen.

Antonela está nerviosa y entre idas y vueltas por su historia, recuerda cuando su ex expresó el primer ataque de violencia. Toma el arma del padre -también policía- y se la mete en la boca al grito de: “¡Si vos te haces la loca o te vas con otro, te voy a matar!”. 

No la mató. Pero se desquitó pegándole un puñete a la ventana.

Según las palabras de Luz, en los casos donde las mujeres que sufren violencia de género son esposas o parejas de policías o alguna otra fuerza de seguridad , lo primero que se hace, una vez hecha la denuncia y tener la orden fiscal, es quitarle el arma y luego evaluar el caso. Sin embargo, Antonela estaba demasiado asustado como para siquiera pensar en acercarse a la comisaría. 

Lo que antes eran actitudes románticas, como llevarla al trabajo o esperarla a la salida, se convirtieron en acciones controladoras. “Me llamaba constantemente, si no lo atendía, no paraba”, revela. Mientras Brian N. vivía una vida paralela con otra mujer, Antonela se ahogaba en una relación violenta, donde el miedo se apoderaba de cada parte de su cuerpo. 

Las amenazas no tardaron en llegar, Antonela temía por su vida y por la de su padre y madre.

- Si decís algo, le puede pasar algo a tus viejos.

Entonces decidió callar. Aguantar.

La primera situación de violencia desencadenó una ebullición que parecía no tener fin. “Pasaron otras situaciones muy leves. Ahorcarme, darme una cachetada, meterme una piña”, suaviza Antonela. Una tarde de domingo, vivió una de esas experiencias que describe como “leves”: le propuso salir a pasear y él la tildó de insoportable. Ante su insistencia, Brian N. agarró un cinto y la golpeó tanto sobre su espalda hasta silenciarla. Ella, con el cuerpo lastimado y el alma aún más, se recostó sobre la cama, se puso hielo y se adormeció del dolor físico. El dolor emocional no cesa con hielo.

- Perdoname, no lo voy a volver a hacer nunca más. No sé qué hacer con mi vida y por eso reacciono así.

La psicopatía de los agresores constituye un factor común en la totalidad de los casos. 

Estando adentro, siendo uno de ellos, una colega, las reglas se buscan cambiar; las mujeres, como pueden, se reúnen y llevan el contexto feminista que se siente alrededor del mundo, puertas adentro. Luz comenta que la Red de Mujeres Policías se creó a principios de año cuando entre ellas comenzaron a hablar y notaron que sufrían situaciones violentas muy parecidas. Decidieron, entonces, que era momento de decir basta. La agrupación busca contener, informar y aconsejar a todas aquellas mujeres dentro de las fuerzas de seguridad que alguna vez se sintieron intimidadas o atacadas por compañeros, jefes, superiores. En la actualidad hay aproximadamente 300 mujeres reunidas. 

Gráfico facilitado por la Red de Mujeres Policías

Luz confiesa que ser una mujer policía presenta dificultades a la hora de ser apoyadas por el movimiento feminista, por el rol que éstos cumplen generalmente y la imagen histórica que se tiene de las fuerzas de seguridad: “Desde la misma sociedad está esa reticencia en cómo se ve la figura del policía. Eso tiene que ver en cómo se para el policía, cómo se forma y luego desempeña su trabajo”. Luego, agrega que aún quedó arraigada la idea del “milico de los 70’”, aquel que considera que “toda persona que proteste es un delincuente”. 

Pero hay que protestar y muy fuerte porque las mujeres están muriendo o sufriendo en silencio, y las fuerzas de seguridad las alientan a callar o son los mismos que les ponen el revólver en la boca.

Antonela finalmente pudo contarle a sus padres el calvario que estaba viviendo, pero las denuncias quedaron en una idea fugaz del pasado. El padre de Brian, las tías y su abuelo son trabajadores de las fuerzas de seguridad y eso la frena. Los años pasaron y ellos se separaron, pero Brian N. hasta el día de hoy es un fantasma en su vida. “Ya no tengo más pruebas para denunciarlo, antes tenía conversaciones, capturas, amenazas, pero eliminé todo eso que era feo en mi vida. Si tuviese las pruebas, de todas maneras, no sé si la justicia haría algo”, enfatiza resignada. 

El límite fue claro, después de eso ya no había forma de seguir soportando nada más. Antonela estaba sola en su casa, luego de haberse reunido con dos amigos y haber ignorado las constantes llamadas de Brian N. Eso pareció molestarlo mucho y apareció de sorpresa en la casa de ella: “Entró y me preguntó por qué no había atendido el celular. Cuando le dije que estaba con dos amigos me dijo que seguro me los había garchado, entre otras cosas”, sentenció Antonela y continuó con su relato: “Me agarró de los pelos, me rompió la remera, me bajó los pantalones y me dijo: a vos te gusta esto. Me agarró de los dedos y me quería penetrar, como si fuera una violación. Yo gritaba, trataba de sacarlo y él me empezó a golpear”. 

Desde el 2015, año en que surgió el movimiento Ni Una Menos, hasta la actualidad, los numeros de violencia de género y femicidio, en la provincia, aumentaron drásticamente. En cada marcha se agrega un nombre, una foto y un grupo de amigas que sostiene la pancarta lo más alta posible hasta acalambrarse los brazos.  





Gráfico: Julieta Gastaudo

Antonela interrumpió la nota, la narración, y contó: “Hace un tiempo perdí a una amiga porque su novio policía la mató. Estuvo dos años preso, el año que viene lo dejan libre”.

Una vida a cambio de tres años de prisión. Mientras dejan libre a otro femicida, una mujer, a lo largo y ancho del país, calla sus verdades o teme por su vida. Otras mueren sin llegar a contar su historia. 





*El nombre fue cambiado para resguardar la intimidad y privacidad de la entrevistada.

Grupo: Berenice Durán; Julieta Gastaudo; María del Rosario Merendino

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